Editorial

HACIA UNA PROFUNDA Y RADICAL CONVERSION PASTORAL

Mons. Cristián Roncagliolo Pacheco, Vicario de la Esperanza Joven

Estamos viviendo una profunda crisis eclesial ocasionada por los abusos de poder, de conciencia y sexuales perpetrados por ministros de la Iglesia. Esto ha ocurrido bajo lo que Francisco denomina una ‘cultura del abuso y del encubrimiento’. Estos hechos han dejado secuelas en las víctimas, a las cuales nunca podremos dar un perdón suficientemente reparador ante el mal que se les perpetró; y también han dañado a la sociedad y a la Iglesia.

Como nos ha dejado ver el Sucesor de Pedro, los abusos son síntomas de un problema más profundo, que me atrevo a denominar narcisismo eclesial. Este se expresa en que nos hemos volcado hacia ‘adentro’, creyendo en una forma monocorde de ser Iglesia, no solo en sus formas sino también en lo organizacional y pastoral, donde la vida ordinaria de las comunidades tiene poco valor en desmedro de lo macro, dejándonos encerrados en una suerte de protagonismo estructural, en una distorsionada concepción de la comunión y en una equívoca concepción del poder. Esto nos ha alejado de nuestra verdadera misión porque ha puesto a la Iglesia en el centro cuando, justamente hemos de trabajar por lo contrario: ser una Iglesia en salida donde Cristo es el centro; donde Él crece y nosotros disminuimos; donde el corazón de nuestros esfuerzos, de nuestra entrega, no están en la organización sino en la misión, que es el verdadero lugar de la comunión de los diversos. 

Esta comprensión eclesial ha fracturado gravemente las relaciones entre muchos miembros de la Iglesia, instalando las sospecha de los unos con los otros sobre sus formas y maneras de vivir la fe, quizás porque hemos comprendido nuestra fe y nuestra forma de ser Iglesia con una lógica de ‘elite’ espiritual, pastoral y/o social que, por tener tendencia monocorde y auto referencial, no reconoce suficientemente el valor del otro y que solo lo valida tanto cuanto se le parece.

En medio de esta ‘tormenta’ recuerdo aquel episodio en el cual los discípulos, en alta mar, se ven asustados por las olas que azotan la barca y le gritan a Jesús “sálvanos Señor, nos hundimos”. La respuesta del Señor no se dejo esperar: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” (cf. Mt 8, 23-27). Jesús antes de solucionar el problema interpela a sus discípulos, para que maduren en su fe. Los increpa a comprender que el problema mayor no era la hola sino la fragilidad de su discipulado, que los hacía templar ante la borrasca y a no confiar. 

En este tiempo de olas altas y agitadas, de viento constante, y de una barca de la Iglesia endeble, hemos de renovar nuestra confianza en el Señor, quien no nos deja solos. La fe en Él es el camino para recrear la vida eclesial en todas sus dimensiones; la tormenta es una provocación para madurar en la fe y en la libertad de los hijos de Dios. 

Concretamente ¿qué podemos hacer en este transe de tormenta? En primer lugar renovar la fe en Cristo, quien es nuestro alcázar y nuestro refugio. La crisis es una oportunidad viva para volver a Jesús, el Señor de la misericordia. Y también es una provocación para hacer que Cristo crezca y que nosotros disminuyamos. 

Unido a lo anterior está el imperativo de formar una Iglesia abierta y sencilla, donde seamos todos provocados a vivir una fe madura, pro activa y con opinión, mas ajena al estructuralismo eclesial y, al mismo tiempo, mas cercana a la simpleza de una comunidad que forja su comunión en la misión, que valora la diversidad –dejando atrás cualquier rasgo de elitismo social, espiritual o pastoral que tanto daño nos ha hecho– y que no se enajena de la realidad por vivir siempre pensando en si misma, en sus planes y en sus organizaciones. En fin, una Iglesia que pone a Jesús en el centro fijando su predilección en el hambriento, en el migrante, en el abusado; una Iglesia cotidiana que se juega la vida no en los eventos, ni en las actividades macro, sino en la sencillez de sus comunidades, de las parroquias, de los movimientos, en la Iglesia de todos los días que orienta su vida al anuncio y a la misión. 

Junto a ello hemos de ir hacia un cambio de actitud. No solo hemos de trabajar por la tolerancia cero ante el abuso sino que hemos de ser proactivos en lograr que los espacios eclesiales sean los lugares más seguros para los niños y jóvenes; donde el sello sea la cultura del cuidado y la protección. Para ello debemos pedir ayuda a la sociedad civil que mucho puede aportarnos; también hemos de recurrir a personas que, mas allá de sus credos y posiciones, por su experiencia pueden orientarnos para avanzar con rapidez y seguridad en este campo. Estoy convencido que las víctimas puede ser nuestros grandes colaboradores para lograr este objetivo.  

Particularmente en el trabajo con los jóvenes hemos de generar protocolos públicos y eficaces que den cuenta de esta opción de la Iglesia para que nunca más existan abusos o la sospecha del encubrimiento en sus ámbitos de acción. Nuevamente para este punto resulta urgente dejarnos ayudar por organizaciones externas que, con lucidez y mayor objetividad, nos pueden indicar hacia donde hemos de caminar concretamente en este camino.

Resulta relevante comprender que esta tormenta dolorosa y vergonzosa, que ha cobrado el sufrimiento de tanta gente, especialmente de las víctimas y del Pueblo de Dios, es una oportunidad para una urgente, auténtica y vital conversión. Como nos ha dicho Francisco “Hoy sabemos que la mejor palabra que podemos dar frente al dolor causado es el compromiso para la conversión personal, comunitaria y social que aprenda a escuchar y cuidar especialmente a los más vulnerables”. 

 

+ Cristian Roncagliolo Pacheco
Obispo Auxiliar de Santiago
Vicario de la Esperanza Joven