“Recuerdo que todo empezó un domingo, cuando celebrábamos la Eucaristía. El sacerdote en su homilía resaltaba la necesidad de dar respuesta al llamado de Jesús, que nos invitaba a formar parte de sus íntimos amigos… y señalando con su dedo a uno y otro decía “a vos joven, a vos Jesús te llama”… me sentí señalada, desde ese momento sentí el vuelco en mi corazón que latía tan fuerte y tan inquieto. El Padre me dijo que tenía que aprender a orar y estar en silencio para escuchar la voz de Dios y descubrir el proyecto que Dios tenía para mí, pero el aseguraba que me estaba llamando para la vida religiosa, yo en cambio, como ya tenía todo planeado para mi vida me costaba aceptar lo que el Padre me estaba diciendo, le conté mis proyectos: terminar de estudiar, viajar a otro país a especializarme, disfrutar la vida a mi estilo, Dios cómo podía interrumpir mis planes? El sacerdote se rió y me dijo que era un lindo plan pero que debía preguntarle a Dios si eso es lo él quería. Me sentí confundida y más tarde con miedo porque me asustaba que Dios me pidiera algo tan grande. Así que empecé por tranquilizarme y a hacer oración, silencio, oración y de a poco la luz que no veía se iba haciendo cada vez más clara. El plan de Dios para mí era otro. A pesar de que era joven y con cierto miedo había dentro de mí una seguridad y una paz tan grande que me sorprendía hasta a mí misma.
Por esas cosas de la vida, buscando un lugar donde vivir encontré la Residencia de las Religiosas de María Inmaculada. Desde que llegué sentí a este lugar como algo especial, y el lugar más atrayente era el oratorio donde estaba el Sagrario y la Virgen Inmaculada. Allí pasé tantas noches desmenuzando el rosario pidiendo al Señor me enseñase el camino. Las hermanas me invitaron a una jornada vocacional. Allí conocí la vida del P. Hurtado, fueron algo mágico esos días, las palabras del P. Hurtado quedaban resonando en mis oídos y en mi corazón: “hay que escuchar el run run del corazón…. Hay que estar chiflado por Cristo”. Decía el Santo y hacía latir muy fuerte mi corazón.
Desde ahí se desencadenó todo, estaba más claro que el agua. Pero venía el gran desafío de tener que comunicar a mis padres, hermanos y amigos más íntimos. Aunque no fue fácil para ellos, después de una sesión de preguntas y respuestas donde me vi obligada a darlas porque creían que: “estaba loca, las monjas me lavaron el cerebro,… alguna desilusión amorosa….etc”. llegaron a la conclusión de que algo misterioso que no entendían estaba ocurriendo pero que deseaban mi felicidad y por ello me apoyaban porque era mucho el amor que me tenían.
Y aunque a nivel personal también me costó dejar a mis padres, hermanos y amigos con el tiempo descubrí que no los perdí sino que los gané para Cristo y más aún se multiplicaron en padres, hermanos y amigos. Hoy son cientos, los que Él ha prometido.
El encuentro personal con Jesús y en el contacto con las jóvenes y las adolescentes, me fueron confirmando que el Señor me había elegido a mí para esta misión. Me sentí agradecida y privilegiada, “ser la elegida del Señor” ¿cómo poder negarme a tanto amor? Me dejé enamorar por Cristo y por su Obra y dije Sí quiero ser colaboradora suya en este mundo y deseo hacerme suya, de su propiedad, para que Él haga en mí lo que quiera.
Así ya han pasado catorce años caminando con el Señor, y cómo me siento? FELIZ. MUY FELIZ. Y cada día más feliz. Ante todo lo que el mundo me ofrece, me parece un gran perdida, para mí mi una única ganancia es Cristo. Aprendí a ser sus ojos para mirar con amor y ternura a las niñas necesitadas de afecto y comprensión, a ser sus brazos para abrazar, servir y acoger a todo hermano que se me acerca, a ser sus labios para sonreír y dar palabras de esperanzas a los que lo necesitan, a ser sus pies para acercarme al que sufre y salir a anunciar y sobre todo a ser su corazón para amar, …amar gratuitamente y en forma desmedida, como lo hizo mi Señor.
Termino cantando las palabras de María nuestra Madre: “MI ALMA CANTA LA GRANDEZA DEL SEÑOR…”
H. Graciela Ponce - Religiosa de María Inmaculada.